La primera vez que me golpearon el corazĂłn

Iba a segundo grado y mis días eran bastante iguales. El ritmo macro estaba definido por el horario escolar. Iba a la mañana y, por lo tanto, pasaba las primeras cuatro horas del día en la escuela y después tenía la tarde libre para ir mis actividades y pasar tiempo con mis amigas. Y con mi perro, claro.


Levantarme a las 7 am para entrar a las 8 am creo que no era un gran problema para mi. Era bastante estructurada. La noche anterior, si me acordaba, dejaba todo preparado, hasta quĂ© colita de pelo iba a usar.  

Todos los dĂ­as repetĂ­a la misma rutina: me despertaba, me cambiaba (si hacĂ­a mucho frĂ­o jugaba pijama abajo) y bajaba el ascensor para encontrarme una de las escenas más nĂ­tidas que tengo: mi papá haciendo el mate cocido y escuchando un cd de Luis Miguel. Él nos preparaba el desayuno a mi hermana y a mi. Para esa hora, mi mamá seguramente ya estaba en su oficina, por lo que la veĂ­a despuĂ©s en la hora del almuerzo. 

Era un poco hartante debo reconocer apenas bajar y toparte con el optimismo de mi papá cantando algĂşn bolero con reinterpretaciĂłn propia. Con mi hermana siempre nos reĂ­mos porque si bien nos burlábamos de la situaciĂłn, hoy conocemos casi todos los temas de Luis Miguel: “Por debajo de la mesa”, “La incondicional”, “FrĂ­a como el viento”, en fin..toda la discografĂ­a del Sol de MĂ©jico.

 

Nos servĂ­a el mate cocido a la temperatura justa. TenĂ­a su tĂ©cnica infalible para enfriarlo —pasar el contenido de una taza a otra, enfriándola antes con el chorro de agua frĂ­a— y lograba que el mate se disfrute tanto que con solo un par de cucharadas de azĂşcar quedaba exquisito. Me acuerdo de notar cĂłmo se iba llenando mi panza y esa sensaciĂłn de tomar algo calentito a las 7.30 que se sentĂ­a como un abrazo interno. De comida, creo que comĂ­amos algunas masitas DiversiĂłn que completaban el desayuno nutritivo y rico. Ja.


Y acá con mi hermana nos separábamos porque ella ya iba al secundario, entonces entraba unos minutos más temprano. Ella a veces iba con la vecina en auto un poco más temprano y yo unos minutos más tarde con mi papá.


El colegio al que iba era bastante similar a los que habĂ­a en la Ă©poca. Si no me equivoco, fue creado en algĂşn gobierno peronista, por lo que todos tenĂ­an más o menos la misma estructura: techo en dos aguas, mosaicos blancos y negros como pintitas infinitas, puertas de madera pintadas de un verde agua bien bien clarito. Me acuerdo del baño: las puertas dejaban espacio arriba y abajo, las bachas para lavarse las manos eran profundas y, si, digamos que te salpicabas toda cuando te las lavabas. 

TenĂ­a una galerĂ­a larga donde formaban todos los cursos antes de entrar y en donde veĂ­amos cĂłmo se izaba la bandera desde adentro los dĂ­as de invierno y en el patio los dĂ­as de calor. 


El aula en la que cursaba daba en frente del patio y del pasillo. TenĂ­a ventanas a unos costados y como toda escuela primaria estaba llena de afiches que iban cambiando segĂşn el mes: DĂ­a de la Bandera, de la Escarapela, de la Primavera, y de todas las estacionalidades habidas y por haber. Y, por supuesto, el infaltable abecedario arriba del pizarrĂłn de tiza que tenĂ­a simpáticos dibujos con cada letra. 

Me acuerdo que si bien el aula era de las más chicas, tenĂ­a bancos lindos. Verdes y relativamente nuevos. Yo llevaba una cartuchera que me la habĂ­a hecho mi papá: un desodorante Kosiuko sin toda la parte del desodorante, por supuesto. No sĂ©, en ese momento parece que era algo “cool” de las personas más grandes, o sea, mi hermana. Era bastante incĂłmoda, pero quedaba bien. AbrĂ­as y salĂ­an todos los lápices.


Con algunos compañeros compartĂ­a desde el jardĂ­n y con otros no. Siempre fui bastante tĂ­mida o introvertida cuando se trataba de hablar en pĂşblico o de pasar a repartir las fotocopias. Me gustaba más bien pasar desapercibida, que nadie me viera mucho. Poder hacer la mĂ­a tranquila. Básicamente, no daba mucha bola. 


TenĂ­a afinidad con cuatro o cinco compañeritas con las que compartĂ­a la tarde despuĂ©s. Con los chicos casi no hablaba. Era muy tĂ­mida, no me gustaba exponerme ni tampoco me animaba. Siempre marcaba algĂşn tipo de distancia porque me daba vergĂĽenza o no me sentĂ­a cĂłmoda. 

Sí había un niño que me atraía por su personalidad: era traviso, contestaba, inquieto, extrovertido. Tenía una personalidad opuesta a la mía y eso me hacía retraerme aún más.


Nunca entendĂ­ bien esa necesidad imperante propia de los adultos de preguntar: "¿y quiĂ©n te gusta del curso?”. Me sacaba, me ponĂ­a mal, no querĂ­a contestar y menos asumir que me podĂ­a llegar a gustar alguien. Casi que ni entendĂ­a a quĂ© se referĂ­an con eso. 


En una clase de inglĂ©s tenĂ­amos que dibujar y pintar algo para pascuas. Se aproximaba Semana Santa y todo el curso pensaba “vacaciones cortas”. Era la Ăşltima hora, y cuando era la Ăşltima hora todo era un poco un descontrol porque apenas tocaba el timbre todos los niños y niñas salĂ­an corriendo para formar, saludar a la directora e irse a su casa a almorzar. 


Yo, responsable y tranquila, terminĂ© mi dibujo y cuando sonĂł el timbre ya estaba casi lista para salir. En ese momento, se cae el dibujo de mi crush al lado mio. Automáticamente pensĂ© que tenĂ­a que devolverlo, entonces lo agarrĂ© y cuando levantĂ© mi cabeza para buscarlo y dárselo no tuvo mejor idea que decirme con un tono tan de niño malo: 


- ¿QuĂ© hacĂ©s? eso es mĂ­o.


Me pegó una cachetada y me lo arrancó de las manos como si se lo hubiera estado robando. No me dio tiempo ni a reaccionar sobre qué había pasado. Me quedé recalculando mientras toda la escena seguía: niños corriendo para salir a formar y despedirse. No tenía ni ganas de moverme y sentía ese nudo en la garganta por el dolor de la cachetada, pero también por la reacción que menos quería y esperaba.


No salĂ­ a formar. Me empaquĂ© y paralicĂ© como si hubiera cometido algĂşn error. La seño no estaba y para cuando se dio cuenta que yo no habĂ­a salido, ya estaba mi papá preguntando porquĂ© su hija no estaba afuera. 


Nunca contĂ© realmente quĂ©  pasĂł. Fui bastante corta en mi relato y no querĂ­a contarle a la seño lo que habĂ­a pasado. Particularmente, no confiaba en ella porque se burlaba bastante de algunas situaciones. Creo que era comĂşn en esa Ă©poca, donde la pedagogĂ­a pasaba por otro lado y un poco la filosofĂ­a era “curtite”. Tampoco querĂ­a que se supiera que sentĂ­a algo por Ă©l. Creo que ese era en realidad mi mayor miedo. Me daba vergĂĽenza que se sepa que, de alguna manera, iba a saber lo que sentĂ­a por Ă©l. 


Mi día continuó bastante similar al resto: almorzar, dormir la siesta, ir a dibujo y después jugar a la maestra con mi perro. Pero ese día fue un poco diferente. Lo hice con una especie de angustia que me hizo desprenderme totalmente de quien, en ese momento, había golpeado mi corazón.


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